Es difícil e inútil resumir la historia de Balvin. Lo que queda es lo de hoy: uno de los eventos más esperados del año: por su tamaño y variedad. El espectáculo que se presentó en Coachella y uno de los compendios de reguetón más importantes hasta ahora. No más odas al reguetón, vamos a bailarlo que es, al fin y al cabo, para lo que fue hecho.

Este sábado en la noche se presenta en Bogotá J Balvin. Su gira Arcoíris es hasta el momento una de las más grandes que ha realizado un reguetonero. Después de las miles de portadas y titulares esto es lo que realmente importa del reguetón.

Perderíamos la cuenta si contáramos los titulares y las portadas dedicadas a J. Balvin. Promesas de verdades ocultas y recetas secretas para adivinar el éxito de este hombre: el primer colombiano en ser el más escuchado del mundo en la plataforma Spotify, con más de 48 millones de oyentes mensuales. Un hito con el que desbancó a intérpretes de la talla del rapero Drake, la diva del pop Dua Lipa y Kanye West. (Le recomendamos: J Balvin: imparable).

Ahora que todo el mundo parece aprobar y hasta alabar el reguetón, un género que desde hace rato demostró que no era una moda y que se instaló en la cultura popular de toda Latinoamérica, abundan los artículos para tratar de contar este ascenso. Hemos leído ensayos y odas a los beats y a su baile: el movimiento del culo y las posiciones de los cuerpos laxos debajo de la música. Han dotado a las canciones y a los artistas de características que, además de rimbombantes, hablan del desconocimiento del mismo género. No basta con entrevistas a fuentes “expertas”, como cualquier tema, al reguetón hay que tratarlo con respeto y rigurosidad. Hoy J. Balvin es la figura más importante del género y no por eso, porque sea mainstream, es una figura fácil de analizar. Todo lo contrario.

Decir que “J Balvin es un fenómeno mundial del reggaetón. Sin embargo, lo suyo nunca ha sido reggaetón y esa es, quizá, la razón de su éxito”, como afirmaron en un artículo de la revista Diners es desconocer por completo toda su historia.

J. Balvin, el personaje, se forjó en Nueva York, donde vivía con su tía en Staten Island. Jose estaba trabajando como paseador de perros en la ciudad y un día, cuando iba hacia Soho, la zona donde paseaba las mascotas se quedó hipnotizado por los bailes de un par de raperos en el ‘subte’, por ver en los carteles a Jay Z y Puffy. “Todo Nueva York tenía la cultura urbana. Los grafitis, la música, los colores. Ahí supe que eso era lo que quería hacer”. Cuando regresó a Colombia, con 19 años, comenzó a vender CDs y hacer grabaciones de poca monta en Itagüí. Cantaba en las casas de sus amigos y en peluquerías de los barrios de Medellín. Y en todas esas casas, en las portadas de los discos piratas que vendía y en las camisetas que compraba en el centro estaba la imagen de Daddy Yankee, el hombre que puso a sonar el reguetón en todo el mundo.

Una de las críticas que se la hecho al trabajo de Balvin es estar en la mitad del género: ser blandito. Pero el reguetón nunca ha sido una sola cosa: Tenemos a Tego Calderón que hizo El abayarde uno de los mejores —sino el mejor— álbum de reguetón y en su producción no solo tiene el beat clásico del género: dos sonidos básicos que suenan al unísono, sino una mezcla de RnB, son cubano, tambores africanos y salsa.

¿Alguien se atrevería a decir que Calderón no es un reguetonero? Si lo de J Balvin no es reguetón, si Guinza o Ambiente no son hits del género, ¿qué son?, ¿qué es el reguetón?

En el 2004, Gasolina fue la primera canción en escalar en una lista de música internacional. Se convirtió en el génesis comercial de un género que creían efímero. Rápidamente el reguetón dominó los mercados latinos y en Estados Unidos. Vinieron otros nombres importantes para la industria: Don Omar, Tego Calderón, Héctor y Tito, y Wisin & Yandel, y lo que se creía un paso furtivo por la radio y las discotecas populares se convirtió en una de las industrias musicales que más dinero mueve en el mundo. Sin embargo, en el 2008, el reguetón comenzó a estancarse. Hubo una segunda ola de reguetoneros como J. Álvarez, Lui g 21 plus y Alexis y Fido que no lograron llegar al nivel de sus predecesores. Mientras tanto, en Medellín, J. Balvin, Dj Pope, David Rivera Mazo, comenzaron a producir Real, el primer álbum de estudio de Balvin.

Con ese disco nació una forma de hacer reguetón. Uno más suave, más lírico, parecido a lo que estaba pasando con el pop en Estados Unidos. Mientras que Daddy Yankee rapeaba el 70% de las canciones, J. Balvin empezó a cantar, a poner un nuevo tiempo en la música, unos beats menos frenéticos. “Yo siempre supe que iba a cumplir mis sueños. Cuando estaba pequeño mi mamá todo el tiempo me decía: ‘Vos vas a ser grande, vos vas a ser grande’. Y no es que uno solo quiera eso en la vida, pero sí viene como programado para luchar por eso”.

The New York Times dijo de él que “está reescribiendo las reglas de lo que significa ser una superestrella latina en una época de teléfonos inteligentes y redes sociales”. No es para menos: tiene 19,8 millones de seguidores en Instagram y suma más de 3.000 millones de reproducciones en YouTube.

Al final del día, después de los conciertos y las fotos, de los aviones y los escenarios; después de las risas protocolarias y las poses en alfombras rojas, Jose vuelve a su casa acompañado de la misma gente con la que comenzó hace diez años. Un séquito que lo sigue y ha creído en él: Dj Pope, Sky, Fabio Acosta, Andrés López. Cuando habla se le nota que esa gente le está cuidando la espalda: no es el momento para ceder terreno. Se ha mantenido blindado todos estos años de escándalos y chismes trascendentales, gracias a que trabaja con la gente en la que confía.

Es difícil e inútil resumir la historia de Balvin. Lo que queda es lo de hoy: uno de los eventos más esperados del año: por su tamaño y variedad. El espectáculo que se presentó en Coachella y uno de los compendios de reguetón más importantes hasta ahora. No más odas al reguetón, vamos a bailarlo que es, al fin y al cabo, para lo que fue hecho.